No quiero creer que lo único que existe está ahí, mascado y triturado por las muchedumbres conformistas que componen lo que hoy se llama Santiago de Chile.
No quiero seguir creciendo en un círculo concluso, en el que el centro de ese círculo no puedo manejarlo yo y los demás solo se ocupan de moverse en la superficie ínfima de los límites interpuestos por la generalidad y vaguedad de los que no piensan.
No quiero ser millonario, usar anteojos de moda, tener casa en la playa, conquistar familias, ceder frente a lo confuso, impresionar, no llorar, hacerme el tonto, creermela sin duda, no leer, no reír, quedarme en mi casa, no conversar, no sentirme parte de la ciudad, tener auto, oír cuentos que me hayan hoyos en la guata, taparme los ojos con las manos y no mirar, respirar el aire contaminado, saltarme mis 20, tragarme los dogmas, no ver películas, no sentirme de primavera, no querer correr hasta otro planeta, saltar de continente en continente y no desmayarme de vida.
Quiero ver gente en la calle, quiero ver color, formas y orientes distintos. Que en la calle haya olor a cosas distintas. Gente que se parezca a mi por dentro y no por fuera. De esos que no miran el color de ojos ni de mi bigote para abrirme la ventana. Esos que por aqui no abundan pero los hay. Esos que se juntan en la plaza y discuten que se siente. Que se siente cuando no nos entienden y nos podemos entender. Cuando nos queremos y queramos entendernos será otro el gallo que va a cantarnos. Por suerte aún existen portadores de esa luz que algunos incansablemente buscamos.
Aún hay, como dice la eterna inocencia, inconmovibles que ya han construído el muro.
Bienvenida primavera.



