Archivo de Febrero 2009

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Por que no puedo ser tú?

Febrero 23, 2009

Salimos a eso de las nueve y media. La noche estaba tranquila, había ese calorcito con olor a mangueras  y regadores de verano que te tira las tripas hacia fuera de tu casa.

Nos subimos los dos con rumbo mas o menos cierto y nos sentamos a conversar. Siempre mi viejo toma cerveza en vaso y yo observo como se le sube la espuma en los bigotes de su barba,  que en conjunto esconden un labio que jamás nadie de mi familia ha visto, incluyendo a mi madre.

Siempre que estamos los dos solos, salimos a comer. Hablamos de cualquier cosa y nos reímos de lo poco que pasa en el verano de los que no tenemos vacaciones. La verdad que tengo que admitir que me gusta estar solo, pero últimamente me he sentido muy solo como para querer seguir estándolo. Cuando mi casa no está vacía me dan ganas de abrir las ventanas, de sentir los ruidos enteros y no darle tanta bola a mis espirituados receptores sensoriales, que como es de costumbre en estas épocas, se encuentran pendientes de escuchar y sentir cosas muy extrañas, y que la mayoría de las veces tampoco existen.

Comimos mirando el barrio y conversamos de como todo era antes. Desde oficinas de ex presidentes hasta el comercio sexual nuevo del centro, de los peruanos y de como la vida se ordena ajena, como un concepto unívoco . Yo atentamente desde mi lado de la mesa sólo miraba, tratándo de aprender y de entender lo que conversábamos.

Lo siguiente fue normal. Nos despedimos gustosamente de el camarero que nos atendió y emprendimos vuelo de vuelta a casa. Conversábamos de las líneas de edificación y planos reguladores,  a paso de tortugas, cuando de pronto se escucha una voz totalmente extraña a mis registros, y dirigiéndose a nosotros con un tilde muy amistoso nos grita: “¿Como le va ingeniero?”.

Al voltear a mirar de donde venía esa voz extraña, me encontré con un personaje increíble. No medía mas que un par de centímetros menos que yo, y pesaba, según su propia lengua, 38 kilos. Sus ojos celestes inyectados de tristeza miraban de frente hacia los mios y a los de mi viejo. Iba muy bien vestido. Dejaba salir una camisa impecable de cuadros azul con blanco. La cubría una chaqueta que le caía como si se la hubieran puesto a un árbol marchito. Sus costillas se delineaban como alambres que unian dos pedazos de cuerpo que ya no estaban conectados. Mas que elegancia, lo que se veía era muy distinto. La ropa no era para vestirse y entrevistarse, sino que servía para tapar las tripas y esconder su lejanía de la vida y gastadas suelas de un viajero errante.

Sus dientes fueron lo que cautivó mi atencion por casi toda esta introducción de gigantes. De una boca fina y delgada se asomaban restos y rastros de dientes que indicaban la guerra cerebral y sin vuelta que nuestro incorporado extraño había sufrido. Se subía por su cara una barba blanca y delgada, sucia pero limpia, imposible de describir, que terminaba en un bigote que dibujaba una silueta estrecha entre el espacio que queda entre la nariz y la boca. Con el pelo hacia atrás nos sorprendió su  manía a la vida, y subiéndose la camisa hacia arriba nos mostró lo poco que quedaba de él. Y con sinceridad, lo juro que fue con sinceridad, vino la parte que quizás fue lo mas sorprendente.

Lo de los 38 kilos no lo invento. Cuando se presentó como Juan Manuel Eyzaguirre Irarrázaval, antiguo ingeniero de la cámara chilena de la construcción, me pareció gracioso lo fortuito del encuentro y y lo poco que calzaba todo esto en el contexto. Pero al mirar a mi viejo como miraba profundamente en don Juan Manuel, me volvió los sesos a la tierra y me echó a andar la imaginación a toda máquina. Los vi conversar. Se reían de como se habían conocido y de como la vida los había llevado por caminos distintos.

Su forma de hablar era la mas increíble. Huevoneaba con una clase que jamás me había tocado escuchar. Atónito y sin ninguna palabra observaba gustosamente la elegancia con la que hilaba los garabatos.  Su riqueza linguística, en conjunto con un tono de voz dulce y grave, me hizo darme cuenta de su situacion de necesitar y, de paso entender que la oscuridad y letargo de como su miraba venía, precisamente, de un oscuro pasaje que había entintado su intelecto.  Había enrielado su destino hacia tierras del norte, dónde tenia su pasado enterrado y con tal, se le habían volado las ganas de vivir y de pensar.

Cargaba un alto de diarios “La tercera” del día de hoy, Domingo 22 de Febrero. Nos contó brevemente que su hijo Felipe había muerto, y que su ausencia en esta tierra había gatillado en él una esquizofrenia que lo había tirado a la calle. Había errado hace un par de años y se había escapado del recuerdo y de las ganas de mejorar. Se subió a una micro y vino a Santiago a tratar de Olvidar. Cuando ya se le habían acabado las ganas de olvidar, se había dado cuenta de que todo lo que el tenía residía en el subsuelo de una ciudad nortina a la cual no podía volver. Se encontraba prisionero del papel moneda. Se había liberado de sí, de una manera mágica y extraña, pero a la vez la marea se lo llevó al no poder.

Entremedio de toda la observación mi viejo ladra de manera amistosa y le pregunta, cuanto le costaría volver a Antofagasta. Sin titubear, su respuesta fue increíble:

“Salón cama cuesta 50.800 pesos, o el Clásico 34.500″.

Mi viejo lo miró. A mi no. Yo no era parte de la conversación ni del choque de tiempo que ahí ocurría.  Pero fui parte del silencio cómodo que dividió el curso de esta conversación cósmica. Me invitaron a mirarlos y mi viejo sin pensar, metió la mano al bolsillo trasero de su pantalon, y efectivamente le dió la llave de plata que buscaba.

“Andate en clásico nomás”, y se rió.

Al mirar que después de todo el extraño encuentro, había algo resuelto, una frase increíble voló desde el lado en que don Manuel se paraba, y pasándole un ejemplar de “La Tercera”, le dió un beso en el cachete, y le dijo muy de cerca, que se había encontrado con Dios.

Nos despedimos sin remedio y estrechamos nuestras manos. Mi viejo con un abrazo de oso le deseó lo mejor, y negándose a darle su tarjeta nos alejamos de la banqueta en que nos habíamos encontrado. Al seguir caminando por nuestro tiempo, y dejando a Manuel con el suyo mi viejo riéndo para sí me dice:

“Yo tuve la mala cueva de haber tenido cuarenta lucas en mi bolsillo, y él la buena suerte de habérse encontrado conmigo.”

Nos reímos los dos. Y gustosamente seguimos caminando hasta nuestra nave y dejamos el polvo atrás. Entre diarios la Tercera, bigotes con espuma de cerveza y líneas divisorias de planos reguladores, a don Manuel, quien quizás nunca volvería a Antofagasta, y a lo mejor quizás nunca había conocido a mi viejo en esta vida, pero de todas maneras el episodio había servido de vitrina perfecta para conocerlotra de las tantas partes mágicas que se esconden en mi viejo.