Cuando abrí la ventana, el olor a polvo no me dejaba respirar. Me picaba la punta de la nariz, y una lágrima pesada se cayó de mi ojo cuando miré el interior de mi jardín. Habían dos ojos enormes mirando hacia mi, adornados con dos lindas boas, que como enredaderas sazonaban el instante de una manera muy extraña. La luz de esa mañana era la mas extraña de todas. Entraba como en un foco, la dejaba alejada y la atmósfera se colaba como una gata invisible. No sé que fue lo que se dijo, ni como hizo para enredarme tanto. Entendí un poco su lenguaje forastero sin tener idea de como sólo las palabras llegaban a mi, y yo sin entender, las entendía. Miraba entre estos extraños sucesos, sin saber nada, y se seguían asomando, como prendidos en furia, dos ojos enormes que se sentaban sobre una sonrisa preciosa.
No sabía como moverme. Me contenía en mi lugar, tratando a veces de correr y mirar mas de cerca el reflejo tan brillante que no me dejaba perder la atención. Era como un momento de cera, entre que su estado cambia de composición y ahí se queda. Fue cuando se soltó la amarra y cayó un pelo largo, hasta el suelo. No me podía mis pies, se amarraban a los nudos de la madera como dos cicatrices secas ya de tanto dejarse ser. Sentía ese tirón de bisturíes que sólo se siente cuando te sacan una venda pegada a una herida fresca, y de pronto, me decidí a pasar y apoyar la palma de mi pie en esa vulcanita áspera que envolvía un escalón imaginario. Nunca había sentido un dolor tan rico en un sueño.
Caminé, hasta acercarme a eso que había llegado con el viento. Pude, de alguna manera que aún no logro descifrar, desenredar las ideas y entregárselas a mi boca, quién articulaba de manera precisa cada una de las frases que se tejían una detrás de la otra, siguiendose de muy cerca.
Cuando se fue la luz y se hizo la oscuridad, me volví a sentir en mi. Recobré mi atención, cerré las pepas y segui mentalmente siguiendo el paso de tan extraña presencia. La vi subir por mi espalda, y se entretuvo entre lo que separa el cuello de la espalda, y siguió subiendo hasta mi oreja. Cuando por fin se detuvo, no había como saber, en que lugar estaba.
Sin duda aquí o allá, como quieran llamarle. Fué tragimágico. Salió disparada, y se enredo en el tronco de un arbol, y su jaula se fué. Con ella también se fue lo turbulento del cruce, y sin decir más, tras-vecina inquietud, sin despedirse, volvió a su cerco. Nunca mas volví a sentir, dolor mas rico en un sueño.





