Me volvía loco su corriente extraña, ese pulso contestatario que hacía que la sangre hirvieraa en otra dirección. Lo inentendible era una mezcla foránea de días y horas que alguien se había encargado de juntar. Las cosas estaban puestas en una mesa, como si se esperase a comer a la realeza. Sus ingredientes: Unos truenos, dos reliquias de oreja, 5 carteras, alfombra y 6 pisos de altura. Lo demás pasó por que la coincidencia no es puta, y sabe cuando llegar a ordenar. Los otros 50 minutos de cocción los pusimos varios. Dos se salieron, una pasó con baba de otro y la otra, astutamente frunció el entrecejo, como para enfriar.
Me di cuenta de cosas extrañas, sin sentido, que quizás en un tiempo hayan tenido sentido y hoy, eran un baño de maría. Los libros querían ladrar sus historias por todo el lugar, y el tiempo, cuando se fué, dejó una estela ácida que después de mucho enseñó tambien su cicatriz. Tenue como un invierno, se acercó al final del precipicio. La presión se había olvidado y fluyó el rió como mantequilla.
Dijo que había veces en que no estaba. Otras, en que nunca iba a dejar de estar por ahí. La resaca inorgánica fue la cura de tiempo y de rarezas que aparecían “solo una vez al mes”. Lo otro era simplemente miedo y cosas que no cabían en la sopa.
Que diverso está todo, y que tranquilo se siente.



